Recobrar lo Sagrado
Lecciones Sobre Precepción Espiritual

Capítulo 5

por Carlos Warter, M.D.

El perdón y el madurar del corazón 

El más directo, menos tradicional y más exigente de los maestros que conocí durante mi estancia en California fue, sin duda, un hombre que encontré en un bar de frutas, en Berkeley. Me estaba comiendo tranquilamente la copa de frutas que había pedido y leyendo una octavilla que alguien me había dado en la calle, cuando un corpulento hombre negro de cabello gris me llamó desde una mesa contigua.

- No va usted a iluminarse comiendo eso.

Miré a aquel hombre y vi que estaba comiendo lo mismo que yo, por lo que me reí y traté de ignorarlo. El continuó hablándome, diciéndome que necesitaba más amor, aprender más y ser más humilde. Yo no respondí.

Finalmente, terminé de comer y me levanté para marcharme.

- Volveré a verle pronto –gritó.

- Tal vez –reconocí mientras salía del establecimiento para irme a casa.

Al día siguiente me fui de compras. Cuando volví a casa, a última hora de la tarde, encontré una nota de Jeffrey pidiéndome que llamara a un tal Otis Lee Jefferson. No tenía idea de quien era ese Jefferson, pero marqué el número y pedí hablar con él.

- Debe de estar sorprendido por llamarle ahí –dijo una voz que me era vagamente familiar.

- ¿Le conozco a usted?

- Hablamos ayer en el bar de frutas de la avenida Telegraph, doctor.

- ¿Cómo consiguió usted mi número? ¿Y cómo sabe que soy doctor?

El hombre del otro extremo de la línea dejó oír una risa ahogada.

- Usted puede poner límites a sus percepciones de quién es, pero yo lo sé todo de usted; su conflicto interior, la manera en que fluye su energía... Nuestro encuentro no fue sólo una coincidencia. Recuerde, siempre hay algo operando por debajo de lo que se ve.

- Entonces ¿qué es lo que necesito aprender de usted, señor Jefferson? –pregunté intrigado.

- Para ser un buen médico, debe concentrarse en algo más que en la supervivencia de usted mismo y sus pacientes. En primer lugar, necesita saber cómo limpiar el pasado de forma que no haya ninguna parte de sí mismo tratando de controlar o dominar a la otra. Sus aspectos emocional, físico, intelectual y espiritual deben operar juntos, ya sabe, como una sola unidad. Si no lo hace así se encontrará desconectado, fuera del alcance de la fuente de la vida.

- Pero ¿cómo sabe usted tantas cosas de mí? –pregunté de nuevo.

- Esto no puedo contárselo ahora –dijo–. Piense en lo que le he dicho, Doc. –Y colgó.

Dejé el teléfono, me volví hacia Jeffrey y le pregunté si conocía a ese tal Otis Lee Jefferson. Dijo que no, y que tampoco tenía idea de cómo aquel hombre podía saber que yo residía en su apartamento.

Dos días después, se recibió en el domicilio de Jeffrey un paquete dirigido a mí. En él había un libro escrito por un psiquiatra y titulado Love or Perish (Amar o perecer) junto a una larga carta del misterioso señor Jefferson. La carta empezaba así:

Yo puedo ayudarle. He trabajado 30 años como ayudante practicante en el departamento psiquiátrico de un hospital. Cada médico que vi allí olvidaba su corazón. Usted necesita curarse del dolor que hay en su interior. Yo veo en sus ojos, en su cara, que su niño interior – al igual que el de su papá y el de su mamá – nunca creció. Tampoco lo ha hecho usted. Necesita crecer, o hará más mal que bien. ¿Cómo puede arreglar el cerebro de alguien si el suyo está completamente arrugado?

Al día siguiente, fui a la oficina de correos a comprar sellos de avión. Al salir, el omnipresente señor Jefferson estaba en la acera con una chillona boina de color sobre su cabello jaspeado de gris.

- ¡Carl! –me llamó–. Me gustaría hablar contigo.

Yo suspiré profundamente y me acerqué a él.

- ¿Qué puedo hacer por usted, señor Jefferson?

- Aparte de llamarme Otis –respondió–, no creo que haya ni una puñetera cosa que puedas hacer por mí. Bueno, quizá sí hay una. Me gustaría que vinieras conmigo a mi casa de Oakland. Te haré comida, y puede que además te dé un pequeño concierto. Creo que podrías aprender una o dos cosas. Al fin y al cabo, tampoco tienes nada mejor que hacer ahora. ¿No es verdad?

Me quedé mirando al hombre que se estaba insinuando en mi vida. No sabía nada de él, no sabía dónde vivía ni qué clase de tipo era. Todo lo que sabía era que tenía algún conocimiento que pensaba que debía compartir conmigo. Y, a decir verdad, no tenía nada mejor qué hacer.

- De acuerdo, Otis. Si es tan importante para ti, iré contigo.

- Bien, Carl, no es tan importante para mí como lo es para ti. Pero ahora sígueme y trata de mantenerte despierto.

Me llevó a una parada y tomamos un autobús para Oakland. Otis me indicaba todas las vistas mientras pasábamos por el puente de Oakland Bay. Hicimos un transbordo y continuamos hacia sus barrios. Al aproximarnos a su apartamento, observé que el aspecto de la zona empeoraba.

- Esta es nuestra parada –dijo Otis mientras tiraba de la cuerda del timbre de parada. Estábamos en el medio del peor vecindario que había visto en toda mi estancia en California. Podían verse prostitutas en las esquinas, sus chulos, traficantes de droga ofreciendo su mercancía y niños de aspecto tuberculoso.

- No dejes que el niño que tienes dentro se asuste, Carl –me dijo Otis en voz baja, al ver que me incomodaba un poco el entorno–. Nada va a sucederte en mi barrio. Te lo aseguro. Mi sitio está en aquel edificio.

Caminamos calle abajo hasta un edificio de ladrillo. Lo primero que encontramos al entrar fue un hombre pakistaní gritando hasta el tope de sus pulmones al desahuciar a unos ocupantes de la planta baja.

- El propietario –me dijo Otis–. ¡Hola señor Gupta! ¿Qué tal se encuentra?

El hombre dejó de gritar a aquella pareja encogida de miedo que estaba sacando sus pertenencias depositándolas en la acera. Se volvió hacia nosotros, sonrió y dijo:

- Hoy me encuentro muy bien, Otis. ¿Cómo está usted?

- Yo siempre estoy bien, señor Gupta, ya debería saberlo. Quiero presentarle a un amigo mío. Este es Carl. Probablemente lo verá mucho por aquí en los próximos días.

Estreché la mano al señor Gupta y le dije hola. Mientras Otis y yo subíamos la escalera oí al señor Gupta abroncar de nuevo a los ex inquilinos.

Otis abrió la puerta del apartamento 7G y entramos. Su apartamento contrastaba completamente con el barrio y el edificio del cual formaba parte. Estaba limpio y elegantemente decorado. Había magníficas alfombras en los suelos de madera y mobiliario de calidad cuidadosamente distribuido.

- La mayor parte de estos muebles eran de mis padres, o de mis abuelos, o de los padres de mis abuelos. Son cosas que han pasado de padres a hijos. Esta es otra - dijo mientras me conducía en dirección a una ventana.

En el rincón de esta sala de estar había un piano. Otis se sentó y empezó a tocar, y yo no podía dar crédito a mis oídos. Estaba tocando y cantando una canción folklórica que había oído cantar a mi abuelo cuando yo era pequeño. Cuando acabó con esta canción, cantó Eli Eli L’ama Sabachtani (Padre, padre, ¿por qué me has abandonado?) y siguió con un espiritual negro.

Cuando hubo terminado, cerró el teclado del piano, giró sobre su asiento y dijo:

- Quiero hablarte de esas personas que tienes dentro de ti. ¿Sabes algo de ellas?

Pensé en el trabajo de diálogo que había hecho en Esalen con mi madre interior, mi padre interior y mi niño interior.

- Creo que sí - respondí.

- Verte a ti mismo como médico y olvidar tu humanidad puede ser una enfermedad - postuló mientras se levantaba y empezaba a andar por la habitación- . Si te has convertido en médico porque querías ayudarte a ti mismo, esta motivación viene de un lugar al que llamaremos amor negativo. Es como un niño que actúa sólo para llamar la atención, aunque sea negativa. Tú obtuviste este deseo de tus padres, lo cual lo hace muy difícil. Si te convertiste en médico para ser famoso, para "publicar o morir", entonces eres emocionalmente inmaduro y ello te impide ser un buen sanador. Necesitas curarte a ti mismo antes de que puedas ayudar a otros.

- Me hice médico porque quería de verdad ayudar a otros - dije- . Fui, y soy, muy sincero en mis esfuerzos. Y mis padres nunca...

Otis me interrumpió:

- Como te he dicho, obtuviste esta necesidad por emoción negativa de tus padres y, al igual que ellos, lo pasas a tus hijos. Pero en cuanto te conviertes en médico, no sólo la pasas a tus hijos; también lo das todo a tus pacientes. Los humanos compiten por la energía - prosiguió- . En nombre de ayudar a otras personas, es posible que en su lugar se les haga daño, robándoles involuntariamente su energía. Aprendemos a hacer esto en la infancia imitando a los primeros competidores por la energía que conocemos en la vida: nuestros padres. Sé que has visto estos campos de energía en tus prácticas médicas, aunque no supieras lo que realmente estabas viendo. Necesitas comprender estos campos de energía en los cuales funcionas y ser consciente de ellos. Para lograrlo, puedo guiarte a través de un proceso de limpieza de ataduras a tu pasado biológico.

Luego añadió:

- Esto me lleva a algo más que he notado en ti. Tu no tienes compasión. Estoy harto de escuchar a esos doctores diciendo que se trataba de "publicar o morir" en su negocio. Es como el libro que te mandé, "amar o morir". Ya es hora de que empieces a sentir el amor; de lo contrario, estás muerto emocionalmente.

- ¿No crees que yo sea compasivo? - dije yo, tratando de complacerle.

- ¿Has rehusado alguna vez reconocer a alguien que estaba enfermo? - preguntó Otis.

Sentí algo de remordimiento al recordar aquellas ocasiones en que estaba cansado o quería irme a casa a acostarme, habiendo otros médicos disponibles para ver a los pacientes.

- En algunos casos - admití.

- ¿Has retirado alguna vez la asistencia a alguno de tus pacientes?

- Sólo cuando sabía que no había nada más que yo pudiera hacer - aclaré.

- ¿Y cuándo sabes que esto es así? - inquirió Otis, deteniendo su paseo y mirándome a la cara- . ¿Cómo sabes que tu próximo intento no será efectivo para curar al sujeto ése, si es que has sido creativo y no remolón? Yo siempre digo: "Si no puedes, debes, y si debes, quieres".

- ¿Qué quieres decir con eso? - Me volví hacia aquel extraño que seguía atacándome.

Otis se sentó de nuevo en el asiento del piano y adoptó una pose de agotamiento, mirando al suelo con los hombros caídos.

- Esto es "No puedo hacerlo" - declaró- . ¿Has notado alguna vez lo que dice un niño cuando le pides hacer algo por sí mismo? Al figurarse los padres que están allí para enseñar al niño y cuidar de él, van y lo hacen ellos por él. En sus mentes, han enseñado a su hijo cómo hacer algo por sí mismo. Pero esto no es lo que el niño ha aprendido. El ha aprendido que si llora y protesta lo suficiente, al final habrá alguien que haga el trabajo por él.

Otis se incorporó y levantó los hombros, recuperando su postura ordinaria. Luego prosiguió:

- Esto es "Debo hacerlo". Cuando dices "no puedo", abandonas tu voluntad. Cuando dices "debo", optas de nuevo por tomar el control de tu vida. Cuando adoptas esta actitud, tratas de tener éxito hasta que alcanzas tu objetivo, o bien, te das cuenta de que hacías lo correcto pero trabajabas en el problema equivocado.

Otis se puso en pie, miró al techo y levantó los brazos por encima de la cabeza.

- Y esto - concluyó- es "Lo haré". Has de ir más allá de la idea de tratar de hacerlo. Necesitas llegar a un espacio en el que estés seguro de lograrlo, fuera de toda duda. El tratar de hacerlo te coloca en la dirección correcta, pero el saber que vas a lograrlo es lo que te lleva al resultado.

Otis se sentó de nuevo en el asiento del piano en la postura "Debo hacerlo" y me preguntó:

- ¿Cuántas veces has prescrito un medicamento porque era la cosa más fácil?

- No tengo idea - dije, con un suspiro exasperado.

- Bien, yo tengo una idea - dijo Otis tamborileando en su sien con el dedo índice.

Continuó hablándome de mis experiencias médicas. Después de una hora aproximadamente, me sirvió una comida a base de ensalada de aguacate y alcachofa, sopa de legumbres y verduras, con naranjas y plátanos de postre. Estaba convencido de que podía enseñarme algo útil, aunque no sabía exactamente qué. Acordamos reunirnos una vez por semana para que pudiera compartir conmigo la técnica que él había aprendido.

En la siguiente visita a Otis, pocos días después de mi encuentro inicial con él, me dio un nuevo concierto improvisado, esta vez a base de piezas clásicas de Bach y Chopin. Luego se volvió hacia mí y dijo:

- Siéntate aquí conmigo. Voy a enseñarte cómo sobrevivir y ser productivo en este mundo.

Con recelo, me senté a su lado en el banquillo.

- Muchos médicos a los que he observado - explicó Otis- eran como niños pequeños jugando a médicos. Nunca crecieron realmente. Considera todos los hábitos negativos que tenían tu madre y tu padre. Lo que fastidia es que adoptas los mismos hábitos de su amor negativo. Cuando me di cuenta de ello, mis padres ya llevaban muertos veinte años. Por tanto tuve que encontrar algún medio para retroceder en el tiempo, regularizar mi relación con ellos y crecer correctamente, aunque soy... ¿Qué edad crees que tengo?

- Pareces andar por la media cuarentena - dije sinceramente- , pero has de ser mayor si has trabajado en el hospital tanto tiempo como dices.

- Sesenta y ocho - anunció con orgullo- . Me retiré hace tres años y fue cuando encontré a aquel tipo indio que me enseñó cómo romper la maldición.

Esperaba que terminara; pero al no hacerlo, le pregunté:

- ¿Qué maldición?

El sonrió como si ya hubiera estado esperando mi pregunta. Luego se echó a reír.

- No está mal, Carl. A veces resbalas y desciendes al nivel de un niño pequeño. ¿Lo ves? El niño que crece no tiene idea de lo que está bien o está mal; por eso mira a sus padres para que examinen lo que está haciendo. Si ellos se vuelven locos y lo zurran, supone que ha hecho algo mal. Si sonríen y le acarician o le dan un premio, se figura que ha hecho algo bien.

» Ahora, cuando el niño se hace mayor, observa lo que hacen otras personas. El no ve nada malo en hacerlo también, puesto que copia lo que ve. Es como mi pequeño nieto. Se ha acostumbrado a decir palabrotas. Su madre se tira de los pelos porque suelta sus tacos delante de otras personas, poniéndola en situaciones embarazosas, como si fuera por su culpa que use estas palabras. El, sin embargo, ha oído a alguien utilizarlas y ha visto que no ocurría nada malo. Así que decidió probarlo. Después de todo, él no ha visto nunca a nadie gritar de dolor o empezar a sangrar por una palabra.

»Esto produce una tensión creciente en el niño - prosiguió Otis- . Mamá le dice que lo que hace está mal, pero no le parece mal a él. Al final, todos se rebelan hasta cierto punto contra las imposiciones de sus padres; pero en algún lugar de sus mentes adultas, pueden ver todavía a Mamá vigilándolos y juzgando cada una de sus palabras y movimientos.

»Tenemos que ir más allá de todo esto si queremos llegar a ser verdaderos adultos. Aquel indio me dijo que me imaginara a mi madre de pie dentro de mi corazón. Probablemente pone cara de enfado o tristeza. ¡Haz esto conmigo! ¡Cierra los ojos!

Cerré los ojos y traté de imaginarme a mi madre dentro de mi corazón.

- Luego - prosiguió Otis- , imagínate confortándola, haciéndole sentir mejor. Dile que todo va a cambiar y será espléndido. Luego tienes que imaginarte a sus padres detrás de ella, y los padres de sus padres detrás, y así sucesivamente a través de todo tu árbol familiar. Cada generación que no haya crecido y haya pasado la maldición a la siguiente.

Me visualicé a mí mismo confortando a mi madre, pero empecé a sentir un enfurecimiento que crecía dentro de mí. ¿Por qué perdía mi tiempo escuchando a este tipo? Tengo otras cosas que hacer, pensé.

- Luego, haz lo mismo con tu padre. Trata de hacerle sentir mejor e imagínate a todos sus antepasados detrás de él.

Cuando visualicé a mi padre e intenté darle apoyo, tuve problemas de concentración. Sentí que esto era un ejercicio inútil. ¿Por qué iba yo a mostrarle todo mi amor y apoyo cuando siempre pareció estar perfectamente? ¡Era yo quien tenía problemas!

- ¿Cómo te encuentras, Carl?

- Rabioso - admití.

- Bien - dijo, con una risilla entre dientes- . Ahora vas a tener que superarlo.

Yo, abrí los ojos y lo miré:

- ¿Cómo?

- Vas a tener que pensar en ello hasta que nos veamos la semana próxima.

Otis se levantó y me mostró la puerta.

A la semana siguiente volví a Oakland. Había pasado la semana pensando en el odio que sentía, tratando de determinar de dónde procedía y cómo podría superarlo. Después de otro agradable concierto, esta vez de Tchaikovsky, Otis me hizo sentar de nuevo allí con él.

- Cierra los ojos. Quiero que te relajes y vuelvas al lugar donde fuiste la semana pasada. ¿Recuerdas ahora el odio que sentías la última vez que estuviste aquí?

- Naturalmente, lo recuerdo - dije con un poco de sarcasmo- . He estado pensando en ello toda la semana. No encuentro la manera de superarlo, ahora que lo has mencionado. - Abrí los ojos y miré directamente a Otis- . Espero que tú sabrás cómo librarme de él.

- ¡Cierra los ojos! Ya te dije que podía ayudarte en esto.

Cerré los ojos y traté nuevamente de relajarme y concentrarme.

- Ahora - prosiguió Otis- , mira dentro de tu corazón a ese niño pequeño; cualquier edad que tuvieras cuando por primera vez esperaste que tus padres estuvieran ahí por ti y no estuvieron. Ese pequeño muchacho probablemente está llorando y asustado. Y probablemente está convencido de que sus padres lo han dejado solo y no le quieren como se suponía que lo hacían.

Pensé por un momento y luego recordé una penosa experiencia de mi infancia. Visualicé lo que ocurrió una vez, cuando tenía siete años y había decidido descubrir qué había en el estante superior de la librería de nuestra sala de estar. Al querer demostrar a todos que ya era mayor y podía alcanzar el tope por mí mismo, empecé a escalar por la estantería. Había unos cuantos obstáculos en mi camino: varias chucherías y jarros de porcelana. Sin embargo, no me dejé intimidar por ello y proseguí en mis esfuerzos. Llegué a la estantería más alta, cogí un interesante libro y empecé mi descenso, tratando incómodamente de seguir sosteniendo en libro. Pude oír a mi madre que, desde la cocina, quería que me diera prisa para ir a enseñarle qué era lo que había hecho por mí mismo. Con las prisas, mi pie derecho resbaló, dándole a un antiguo jarrón de porcelana que era una de las posesiones más preciadas de mi madre. Cayó sobre el duro suelo de madera y se hizo añicos. Yo, perdí mi agarre y me caí con él, dándome contra el suelo con un sordo ruido. Inmediatamente me eché a llorar.

Mi madre vino corriendo de la cocina y me encontró sentado encima de los trozos del jarrón roto con el libro a mi lado. Mis pequeñas piernas sangraban en los puntos donde los trozos de porcelana me habían pinchado la piel. Con seguridad, mamá vendría en mi ayuda y me haría sentir mejor. Después de todo, me había subido en lo alto de la estantería por mí mismo. Estaría orgullosa de que me hiciera mayor.

Pero mamá no vio mi exploración como la gran experiencia que tuve.

- ¡Carlos! - gritó- . ¿Qué es lo que tratas de hacer? ¿No sabes lo peligroso que es para los niños subirse a algo tan inestable? Y mira, has roto mi jarrón favorito.

La miré desesperadamente a través de las lágrimas.

- Pero mamá - dije llorando- . ¡Ya soy mayor!

- No, Carlos. Todavía eres pequeño. Cuando necesites algo debes pedírmelo a mí - dijo, mientras me llevaba al cuarto de baño para quitarme los trozos de porcelana que me dolían como una infinidad de pequeñas agujas. La calma que traté de mantener nuevamente se convirtió en rabia. Precisamente porque era sólo un niño y pasaba tanto tiempo entre adultos, siempre había pensado que era un adulto más, como mi madre, mi padre, mis tíos y mis tías. Pero mis padres a menudo me recordaban que era un niño y no me permitían realizar nada que demostrara mi condición de pequeño adulto.

- Saca toda esa ira que sientes - dijo Otis. Sentí acaloramiento en mi cara y mantenía la mandíbula apretada.

- Ven, Carl. ¡Haz algo de ruido, hombre! No te aguantes. Vas a matarte si haces eso. ¡Veamos dónde está ese fuego latino! - dijo, vociferando como un sargento instructor.

- ¡Soy mayor! ¡Trátame como a un adulto! - grité, golpeando con las manos el banquillo. Pude sentir las venas en mi cuello sobresaliendo a la superficie. Desde el apartamento contiguo, cualquiera debió pensar que algo raro sucedía en casa de Otis.

- Creo que empezamos a hacer algún progreso, Carl. Muestras realmente alguna mejora. Quiero que pruebes algo esta semana. Ponte en el lugar de tus padres. Trata de figurarte lo que pensaban en aquella ocasión, qué era lo que sentían.

De nuevo dejé el apartamento de Otis llevándome trabajo a casa para la semana. Esperaba la reunión semanal, y sentía abrirse algo dentro de mí. Aunque no podía decir exactamente lo que era, sabía que era parte de mí lo que de alguna manera había perdido en el camino.

Volví a la semana siguiente y empezamos donde lo habíamos dejado en la sesión anterior. En un tono que sugería ternura, Otis dijo:

- Ahora eres Carlos, aquel muchacho de siete años. Has de ver a aquel pequeño muchacho con mamá y papá en tu interior. El les pregunta por qué no lo tratan como a un muchacho mayor. ¿Qué le responden ellos?

Visualicé al pequeño Carlos de siete años acercándose a sus padres preguntándoles por qué no le amaban por lo que era.

- Me están diciendo que nunca aprendieron cómo amar de esa forma - informé.

- ¿Ves a sus padres y abuelos detrás de ellos?

Yo asentí.

- Si ese pequeño muchacho les hace la misma pregunta, le responderán lo mismo. De una generación a otra, ninguno de ellos se figuró cómo amar a sus hijos, y la maldición de la muerte emocional se mantiene hasta el momento en que tú te imaginas cómo ser tu propio padre.

- Y ¿Cómo lo hago? - pregunté. Mi interés en lo que me estaba enseñando iba creciendo.

El viejo se levantó del asiento y dijo:

- ¿Quiere decir que no has leído el libro que te mandé? ¡Léelo! Y luego reúnete conmigo mañana en la oficina de correos. Yo sólo te di los tres primeros pasos: conocimiento, ira y comprensión. Te quedan cuatro más por seguir.

Cuando llegué a casa, terminé unas cuantas cartas que había empezado a escribir y desenterré de la maleta el libro que Otis me había mandado. "Amar o morir", leí en voz alta mientras miraba la portada. Medité sobre el significado de este título durante unos momentos, y luego empecé a leerlo.

A última hora de la tarde, Jeffrey vino a casa. Levanté la vista del libro y le dije hola.

- ¿Has decidido leer el libro? - preguntó Jeffrey mirando la cubierta.

- Se me ordenó que lo leyera - dije sonriendo entre dientes- . He estado en la oficina de correos esta tarde y el señor Jefferson me estaba esperando.

Jeffrey cogió el libro de mis manos.

- ¿Y te parece bueno?

- He estado estudiando directamente con maestros durante tanto tiempo que me había olvidado de que los libros también son capaces de transmitir el conocimiento.

Jeffrey empezó a hojear el pequeño libro de bolsillo.

- ¿De qué trata?

- Trata de la importancia del amor - le expliqué- , y cómo descubrir los obstáculos que el pasado le opuso. Cualquier temor o herida del pasado generalmente bloquea nuestra experiencia de amor y comunicación. El primer paso es el conocimiento. ¿Cuál es el suceso que causó el temor o la tristeza?

- Uy, uy - gruñó Jeffrey mientras continuaba examinando el libro.

- Segundo - proseguí- : Tenemos que deshacernos de la ira. Puede ser un enfado contra alguien que nos ha herido u olvidado. Puede ser cólera por todo el tiempo y felicidad que hemos perdido por no haber afrontado antes el problema. Tercero: Tenemos que llegar a un entendimiento intelectual del porqué de tal suceso. Por ejemplo, tenemos que comprender que no era intención de nuestros padres herirnos o menospreciarnos. Estaban haciendo lo mejor que podían, aunque no fuera suficiente. Tenemos que ver lo que nos sucedió a nosotros como resultado lógico de todos los acontecimientos que se produjeron con anterioridad.

Observé a Jeffrey leyendo más fragmentos del libro durante unos pocos segundos.

- ¡Oh! - dijo de pronto- . ¿Cuál es el próximo paso?

- Eso es lo que espero encontrar también - dije- , y extendí la mano a Jeffrey. Este me devolvió el libro con una tímida sonrisa.

Me dispuse a leerlo todo, excepto el último capítulo, antes de la próxima sesión. Cuando llegué al apartamento de Otis, éste estaba sentado en la banqueta del piano. Sin levantar la vista, me llamó mientras me acercaba:

- No pierdas el tiempo, Carl. Ven aquí.

Fui hasta allí y me senté.

- ¿Estás listo para la lección que sigue? - preguntó.

- Sí - respondí- . El próximo paso ¿tiene que ver con la empatía?

- Recuerdo dónde lo dejamos - dijo secamente- . Echate y cierra los ojos. Voy a llevarte a través de todo esto. Quiero que retrocedas dentro de ti mismo. Mira a tu corazón. Tu mamá y tu papá están ahí presentes frente a tu yo de 7 años. Detrás de ellos están sus padres y abuelos, y todos tus antepasados. Le dicen al pequeño muchacho que ellos no han aprendido nunca a amar incondicionalmente. Ahora puedes comprender esto y todavía sentir enfado. ¿No es cierto?

- Sí.

- Ahora, trata de identificarte con aquel pequeño muchacho y trata de ver las cosas desde la perspectiva de tu madre. Ella tuvo también una infancia muy dura. Nadie parecía amarla tal como ella quería. En realidad, nadie la comprendía. Estuvo muy olvidada. Tu madre creció y conoció a tu padre; y sintió la misma clase de amor que sus padres sintieron el uno por el otro, y por tanto se casó con él. Y tuvieron cantidad de problemas para conocerse uno a otro. Y tuvieron un hijo al que nunca parecieron comprender. Se pasaba horas y horas sólo en su propia compañía, y parecía gustarle.

Pensé en las veces que me había metido en problemas a propósito para que me mandaran a mi habitación. Me sentaba en la cama o en mi silla y soñaba con ángeles o personas de otros planetas. Un par de veces, mi madre o mis tías se enfadaron porque me había encerrado con llave.

- Y ahora, mira a tu padre - continuó Otis- . Mira las cosas desde su perspectiva. Tuvo que tratar con padres locos y exigentes que no parecían comprenderle o amarle. No le dejaban jugar. Le hacían estudiar y trabajar duro. Tampoco él creció nunca. Cuando tu padre se hizo hombre, trató de hacer cosas para que sus padres estuvieran orgullosos de él. Conoció a tu madre, y aunque sus padres se portaron bien con ella, en realidad no aprobaban aquel matrimonio. Y él y tu madre tuvieron desacuerdos. Y él tuvo un hijo. Trató de enseñar a este niño que tenía bajo su cuidado, pero él se encerró en su propio mundo. No pudo comprenderlo.

Cuando traté de ver las cosas a través de los ojos de mi madre y de mi padre, pensando en lo que debieron ser sus vidas cuando eran niños, mi ira se desvaneció. Las lágrimas anegaron mis ojos.

- Ahora puedes culparte a ti mismo aquí - prosiguió Otis- . Tú eras sólo un niño. No podías saber qué esperaban de ti que fueras. Tú tenías que ser solamente lo que eras. Debes perdonarte a ti mismo por no haber sido mejor como hijo. Hiciste lo mejor que supiste hacer.

Abrí los ojos y miré a Otis.

- Tampoco puedo culpar a mis padres de no haberme comprendido.

- Cierra los ojos - ordenó Otis- . Efectivamente. No puedes culpar a tus padres de no haberte comprendido. Debes perdonarlos también. Nunca antes habían sido padres. Todo era nuevo para ellos. Lo hicieron lo mejor que pudieron.

Un sentimiento de compasión surgió de pronto. Vi la presencia de mi guía espiritual interior, el ángel que había estado en el rincón de mi habitación, infundiéndome la habilidad de comprender tanto a mis padres como a mí mismo. Al tiempo que me lamentaba por sus apuros, también sentía una gran compasión por el niño interior y por todos los niños interiores de la humanidad.

Luego sentí que esta compasión se transformaba en valentía. Creció en mí una determinación de proclamar el diálogo entre mi niño interior y la parte comprensiva de mi personalidad para llegar a un entendimiento satisfactorio. Resolví no culpar a mis padres ni a otros - ni tan sólo a mí mismo- de mi destino. En su lugar, iba a tomar una firme resolución de cambio, dejando atrás los moldes infantiles para estimular la maduración del corazón.

- Esto es lo que he leído en el libro - admití, asegurándome de mantener los ojos cerrados- . El autor hablaba de perdón y compasión hacia ti mismo y los demás. Ahora siento esto, pero no sé qué viene después.

- Bien, pues tendrás que mantener el suspenso hasta que termines el libro. Cuando te asigno algo es porque se trata de algo que necesitas aprender, y espero que hagas lo que te digo. Ahora vete a casa y lee el resto del libro.

Dejé a Otis y me fui a casa a leerme el resto de Love or Perish. Cuando volví a la semana siguiente, me hizo sentar y dijo:

- No voy a dejarte en suspenso por más tiempo, Carl. Lo último que debes hacer es retroceder como adulto y ser la clase de padre que el niño que hay en ti ha necesitado durante todos estos años. Has de hacer crecer a ese muchacho. No queremos chiquillos rondando por dentro de los corazones de los adultos. Esto es lo que nos ha fastidiado en primer lugar. Pero debemos dejar ya de echarle la culpa por carecer de la responsabilidad espiritual integrada de nuestra vida adulta.

Otis empezó a golpear con sus manos y a un ritmo firme el asiento del piano, como si fuera un tambor.

Las vibraciones subieron por mi espina dorsal.

- ¿Qué edad tienes ahora?

- Tengo 26 años.

- Imagínate ahora a ti mismo, a tus 26 años, dirigiéndote a tu yo de siete años. Le das al muchacho un abrazo y le dices que ya es hora de que empiece a crecer. El empieza a ponerse años y a hacerse más grande. Ahora tiene ocho. Y tú estás allí para ayudarle en todos aquellos retos de la edad de ocho años. Y cuando cumple los nueve, lo vigilas para que viva su vida de nueve años, y tú estás allí para darle ánimo y enseñarle lo que necesita. Y cuando ya tiene diez, once y doce, el hombre de veintiséis años está allí para demostrarle lo mucho que cuida de él y cómo lo acepta plenamente por lo que es. Y le das un fuerte abrazo, y le dices que le amas mientras él está entrando ya en la adolescencia. Y, finalmente, el muchacho se va. Ha crecido y se ha convertido en ti. Ahora puedes mirar atrás en tu infancia y recordar al adulto que retrocedió en el tiempo para ayudarte a atravesar esos años.

El ruido cesó. Me quedé sentado en silencio, absorbiendo aquel sentimiento de integridad que la meditación de Otis me había proporcionado. Lentamente, abrí los ojos y miré a mi alrededor. La habitación, la calle a través de la ventana, la gente de abajo que circulaba por las aceras, los edificios, los árboles, todo lo que veía parecía más brillante. Miré a Otis y le dije:

- ¿Es que ha salido el sol?

- No - respondió Otis con una sonrisa- . Está completamente nublado todavía. - Se levantó del asiento del piano- . La lección ha terminado por hoy. He aquí algunos libros que quiero que leas. Ya nos veremos, Carl.

Me acompañó hacia la puerta y la cerró suavemente detrás de mí.

En mi camino de vuelta a Berkeley pensé en mi infancia. Sabía que mis padres se ocupaban de mí. Era castigado cuando rompía las reglas, pero nunca fui golpeado. Siempre había pensado que tenía una buena relación con mi madre y mi padre. Traté de explicarme la ira que sentía el niño de mi yo, pero finalmente lo dejé correr. La meditación me había enseñado, al menos, que cada niño es la integración compleja de dos padres complejos, y era malgastar esfuerzos el tratar de destilar todos los miedos y motivaciones del niño en una idea. La relación entre mis padres y yo no necesitaba mejoramiento alguno. Sólo necesitaba ser reconocida y aceptada por lo que era en toda su complejidad.

Los pensamientos de perdón me hicieron recordar la oración que mi abuelo me enseñó; la oración del perdón radical: "Yo, aquí y ahora, lo perdono todo. Que nadie sea castigado por mi causa", rogué. El vínculo entre dos personas aparentemente tan distantes - Otis, un extraño que hablaba claro, al que acababa de conocer en California, y mi abuelo- me recordó la interconexión que hay entre todas las cosas.

Pocas semanas después, caminaba por Telegraph Avenue después de otra sesión con Otis. Pasé por delante de la librería Shambhala, a la que Jeffrey me había acompañado después de mi llegada. Al mirar a través del escaparate y ver las estanterías repletas de magníficos volúmenes, decidí entrar y hojearlos. El establecimiento tenía una gran selección de libros sobre las religiones del mundo, por lo que yo a menudo los examinaba por si entre ellos había algo nuevo en yoga y sufismo, para añadirlo a mi colección. Estaba hojeando un libro en la sección de sufismo, una colección de meditaciones, cuando oí un gran golpe en el suelo detrás de mí. Un ejemplar del Corán, el libro sagrado del Islam, yacía en el suelo, a pocos centímetros de mí. Un poco más allá había un hombre mayor en tejanos, de cabello pelirrojo y con bigote. Sostenía un libro con una mano y se agachó para recoger el Corán del suelo con la otra. Al agacharme yo simultáneamente me miró.

- La remembranza de Dios, alabado sea - dijo el hombre con una sonrisa- no se limita a un momento, a un período de tiempo o a un determinado lugar. Debemos aprender a recordarlo en todos los lugares, en todos los tiempos y en todos los momentos, sin ninguna restricción.- El hombre tenía acento escocés y hablaba despacio, en una voz grave y profunda. Cogió el ejemplar del Corán y lo colocó de nuevo en la estantería- . Desde luego - continuó- hay lugares más apropiados que otros para practicar esta remembranza.

Tal vez suponía que la caída del libro era un recuerdo de la presencia de Dios, pensé.

- ¿Está usted también interesado en el sufismo? - le pregunté.

- Podríamos decirlo así - respondió el hombre- . ¿Conoce este libro? - dijo, sacando un volumen de la estantería que llevaba como título The Book of Strangers. Yo lo cogí y moví la cabeza negativamente- . Creo que lo encontraría interesante - me dijo, mientras se volvía y se dirigía a la otra isla.

Di una hojeada al libro, vi que se trataba de otras historias sobre enseñanzas de sufismo y lo devolví a la estantería. Tenía muchos libros del maestro Idries Shah, pensé. ¿Qué voy a hacer con otro de un autor desconocido llamado Ian Dallas?

Cuando volví a casa al salir de la librería, entré el correo. Como de costumbre, la mayor parte de él era para Jeffrey, pero había una postal dirigida a mí con una escritura a mano muy elegante. Había escrito a un grupo de Londres, Inglaterra, sobre un programa de enseñanza especializado en sufismo, y esta postal me invitaba a un té en el Centro Sufí de Berkeley.

Al día siguiente tomé un autobús para College Avenue y luego caminé hasta la dirección indicada. Había allí una casa, pero sin ningún rótulo que la identificara. Era muy similar a los demás edificios residenciales del bloque. Miré de nuevo la dirección. Sí, era el lugar correcto, según vi. Toqué el timbre y la puerta se abrió. Apareció un joven árabe con turbán blanco y vestimentas de algodón marrón. Se hizo a un lado y me indicó que entrara.

El joven me condujo a través de un salón con alfombras orientales y paredes llenas de banderas y estandartes adornados con escritura arábica. Otros hombres con turbantes y vestidos con las mismas prendas largas - que más tarde supe que se llamaban chilabas- se hallaban allí sentados, leyendo o conversando animadamente en una lengua que no pude reconocer.

Cuando entramos en el comedor, el joven tiró de una silla de la mesa y me indicó que me sentara allí. Me acomodé en la silla, sintiéndome un poco fuera de lugar en mi indumentaria occidental, y miré a los otros ocupantes de la mesa. Todos eran hombres que podían tener veinte, treinta y cuarenta y tantos años. Estaban tomando té, aparentemente esperando que el hombre que ocupaba la cabecera de la mesa dijera algo.

- Ha hecho usted su camino a un mejor lugar para recordar a Dios - dijo el hombre que presidía la mesa mientras cogía su taza de té. El bigote pelirrojo y el acento escocés me hizo mirar dos veces al viejo del turbán y chilaba negra. No le reconocí como el hombre de la librería hasta que habló. Me presenté a él y le hablé del programa por el cual me había interesado.

- ¿Ya sabe usted que ha de renunciar a sus posesiones mundanas y trasladarse a Marruecos? - dijo el hombre escocés.

Estaba familiarizado con esta fase del aprendizaje del sufismo - renunciar a las posesiones- y el folleto al cual respondí mencionaba que la comunidad sufí estaba en Marruecos.

- Sí, lo sé. He estado estudiando sufismo con Idries Shah, cuando estaba en Chile.

- La comunidad de Marruecos es una de las mejores del mundo para practicar la remembranza de Dios - dijo el hombre que parecía ser el líder del grupo- . Y el sufismo es una de las mejores y más científicas tradiciones para el conocimiento de Dios. La mayor parte de las antiguas religiones del mundo enseñan que sólo hay un Dios. Algunas de ellas, sin embargo, como las de los hindúes y de los filósofos griegos, empezaron a situar a Dios en un plano tan alto, excelso y omnipotente que creyeron que El era demasiado grande y poderoso para que el creyente medio pudiera comprenderlo. El sufismo cree que cada persona debe tener acceso directo a Dios, sin la mediación de sacerdotes. Es una tradición especialmente útil en este período de la historia del mundo, en la cual todos estamos llamados a convertirnos en lo que su maestro, el señor Shah, llama "místicos prácticos". Ahora, cada cual debe tener su propia relación con lo divino. Necesitamos desarrollar nuestra habilidad de funcionar de manera práctica en el mundo, experimentando lo sagrado en nuestras propias vidas, sin tomar toda la globalidad de nuestro compromiso con Dios de la fe basada en las parábolas e historias.

Hizo señas a uno de los jóvenes para que trajera algo más de té.

- ¿Sabe usted qué son los dhikrs? - me preguntó.

- Aprendí un par de ellos - respondí- . Son los 99 atributos de Dios.

- Y son, por tanto, los 99 atributos de la humanidad igualmente - continuó el hombre escocés- . Los dhikrs, cuando usted los repite, ayudan a conectarle con aquella parte más elevada de sí mismo que a veces llamamos alma. Nos recuerdan aquella conciencia de la cual fluyen todas las cosas.

- Ian - dijo uno de los otros hombres de la mesa al hombre escocés- , se nos ha dicho que todas las criaturas deben unirse con Dios. ¿Cómo pueden entonces el perro, el pájaro y la serpiente encontrar esa unión si no pueden recitar los dhikrs?

- Dios sabe manifestarse - respondió el líder- . El muestra su presencia y sus atributos en la naturaleza constantemente, ya sea en el proceso de crear nueva vida o en el cambio de las estaciones. Incluso los insectos pueden apreciar estas cosas.

Durante el curso de la tarde, me enteré de que Ian era Ian Dallas, el autor del libro que me enseñó en la librería, y que también él había estudiado con Idries Shah durante un tiempo. Su grupo había viajado a Meknes (Marruecos) muchas veces a lo largo de los años, por lo que podía contestarme a todas las preguntas sobre el estilo de vida y las enseñanzas de allí. Cada vez estaba más entusiasmado en ir, ya que ello prometía todavía más experiencia en conectar con la identidad vital y utilizarla en la tarea de curar.

- Ahora, debes hacer limpieza general de tus cosas en Sudamérica - me dijo Ian cuando me preparaba para marcharme- , y luego nos encontraremos en Marruecos. Tú eres joven y tienes muchos cabos sueltos. Tu pasado te ata a la imagen que tienes de ti mismo. Vas a introducirte en un viejo fuego que consumirá tu pasado, pero no te quemará a ti. Borrarás tu historia personal como la serpiente se desprende de su piel. Esto es lo que te ha pasado durante los últimos años. Te estás soltando de tu vieja piel para emerger en lo que has de convertirte.

Cuando volví al apartamento de Jeffrey aquella noche, anuncié a mi compañero que me iba a Marruecos.

- Esto es fantástico - dijo Jeffrey dándome una palmada en el hombro- . ¿Cuándo te vas?

- Tengo que volver a Chile primero para liquidar mis posesiones.

- ¿Liquidar tus posesiones?

- Desprenderme de todo lo que poseo.

- ¿Es que vas a convertirte en un monje - preguntó Jeffrey- con el voto de pobreza, castidad y todo eso?

- De hecho - dije sonriendo- , creo que voy a convertirme en un fakir. Por lo que he oído, lo de la pobreza y la castidad será circunstancial.

- ¿Qué quieres decir?

El perdón y el madurar del corazón Precisamente entonces sonó el teléfono. Yo estaba cerca y contesté.

- ¿Diga?

- ¡Carl! - Era la inconfundible voz de Otis Lee Jefferson- . Acércate por aquí. Tenemos que vernos una vez más antes de que te vayas.

Me quedé atónito.

- ¿Cómo sabes que me marcho de California, Otis?

- Te he visto caminar por College Avenue esta noche - dijo Otis- . Entre tu mente y tu cuerpo había millas de distancia, te lo aseguro. ¿Adónde te marchas?

- A Marruecos.

- Encontrémonos en el bar de frutas mañana a mediodía. Aún tengo que enseñarte una cosa. - Y colgó.

Cuando entré en el bar donde nos habíamos encontrado la primera vez, vi a Otis con una de sus boinas multicolor y comiéndose una ensalada de frutas.

- Nunca llegarás a estar iluminado comiendo esa mierda - le dije al verlo.

El se volvió y me sonrió. Yo me senté a su mesa.

- Yo leo para iluminarme, y como para no caerme - puntualizó Otis.

- Dijiste que tenías algo que querías decirme.

- ¿Qué piensas hacer cuando abandones Berkeley? - preguntó Otis.

- Me voy a Marruecos - respondí- . Ya te lo dije.

- No, quiero decir después de esto. ¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Tienes algún objetivo claro para ti? ¿Algo que desees en la vida?

- Soy un buen psiquiatra y tengo objetivos claros en la vida. Me mueve una fuerza que es más potente que mi habilidad de razonar. Esta fuerza me conduce de acuerdo con mi plan. Me siento como adiestrado en diferentes tradiciones de forma que puedo poner las piezas juntas de este rompecabezas que es mi vida. Luego, puedo servir de verdad a los demás.

- Hay una madurez del corazón que estoy tratando de enseñarte, Carl. Es difícil poner atención a lo que tu yo superior quiere que hagas si recibes la interferencia de esas voces de tus padres, o de alguien más a quien consideres una figura autoritaria. El niño de tu interior debe crecer y convertirse en una persona aparte.

»Sólo quiero estar seguro de que comprendas del todo el proceso y lo importante que es. Sólo entonces podrás con ello ayudar a los demás. Lo primero que debes hacer es reconocer los hábitos negativos de tus padres, y reconocer tu ira por haber desarrollado esos mismos hábitos. Luego debes expresar tu ira. Sólo después de haber hecho expresión de tu ira podrás reconocer que, aunque sean tus padres quienes te han traspasado esos hábitos, no hay que inculparlos. Puesto que sus propios padres, a su vez, se los traspasaron a ellos. Esta legación de hábitos negativos podría rastrearse a través de muchas generaciones.

»Cuando reconoces esto, puedes sentir compasión por tus antepasados - a partir de tus padres hacia atrás- y empezar a curar. Esto también te permite sentir compasión por ti mismo. Esta autocompasión conlleva la toma de responsabilidad para ti y tu propio comportamiento, lo cual a su vez te permite perdonar a tu niño interior que se encuentra a mucha profundidad dentro de ti. Entonces puedes ayudar a tu niño interior a curarse y crecer. Una vez este niño haya crecido, puedes luego perdonar a tus padres, viéndolos simplemente como seres humanos que son. Esto te permite integrar todas las facetas de tu yo, para incorporarlo luego a tu percepción espiritual. Este es el camino a seguir para la maduración del corazón.

»Hay otra cosa que debes hacer. Ahora que has perdonado y expresado tu amor a tus padres en tu corazón, necesitas hacerlo en persona. Esta es la única forma de completar tu viaje. ¿Crees que puedes hacerlo, Carl?

- Me queda algo de tiempo antes de marcharme a Marruecos - respondí- . Debo desprenderme de todas mis posesiones antes de marcharme, y muchas de mis posesiones están en Chile, con mis padres. Sí, puedo hacer esto por ellos, y por mí.

- Bien. Esto está muy bien. Luego, dices que quieres servir al mundo. ¿Correcto?

- Sí, eso quiero.

- Para servir a los demás, tienes que relacionarte con ellos profundamente y de maneras muy diversas, pero sin quedarte atado a sus problemas o sus vidas. Debes ser capaz de conectar cuando estés interactuando, y desconectarte luego. Hay demasiada gente - y entre ellos, muchos médicos- que recorren este mundo con media docena, o más, de paisanos a sus espaldas. Hay una historia que me contó mi amigo indio y que te aclarará lo que te estoy diciendo.

»había dos monjes viajando a través de Asia. Ambos habían hecho votos de castidad, por lo que se suponía que no debían hablar con las mujeres y, mucho menos, tocarlas. Bien, al llegar a un arroyo de montaña medianamente profundo, vieron a una bella mujer mirando el río y llorando. Necesitaba cruzarlo, pero la corriente era demasiado rápida y temía ahogarse. El más viejo de los dos monjes le dijo a la mujer que se subiera a su espalda, y así la llevó a través de la corriente. Al llegar a la otra orilla, ella dio las gracias al monje y siguió su camino. Después de una hora de continuar su viaje los dos monjes, el más joven le dijo al otro: "Tú has hecho votos de castidad. ¿Cómo has podido llevar a esa mujer en tu espalda?". El otro monje le respondió: "La he dejado en el suelo inmediatamente después de alcanzar la otra orilla. ¿Cómo es que tú la llevas todavía en tu mente?".

Me reí y dije:

- Comprendo lo que quieres decirme. Necesito servir al mundo sin sentirme unido o fusionado con él.

- Esto es libertad emocional - dijo Otis- . Cuando la alcanzas, no sientes odio, no te sientes culpable ni eres prisionero de ti mismo. Cuando estás realmente en contacto con tu yo más profundo, sabes quién eres. No necesitas definirte a ti mismo por lo que otras personas dicen acerca de ti o como reaccionan ante ti. Y ¿sabes cuál es la gran recompensa, Carl?

- ¿Cuál?

- Aunque parezca extraño, una vez disasociado del resto del mundo, cuando ya no necesitas a nadie que te diga lo que está bien o está mal, y el ser únicamente tú mismo te hace sentir bien y completo, es cuando aparecerá alguien especial llamando a tu puerta. Ya ves, ésta es la paradoja, Carl. Cuando ya no necesitas a nadie, es cuando estás finalmente dispuesto para unas relaciones íntimas. Luego puedes respetarte a ti mismo y a esa otra persona como dos seres completos y perfectos que se juntan para conocer más acerca de ellos mismos.

Estas fueron las bases transformadoras de lo que posteriormente desarrollaría con el nombre de PIP (Proceso de Integración Personal.

Recobrar lo Sagrado

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